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domingo, 20 de enero de 2013

El velo alzado


Título: El velo alzado
Autor: George Eliot
Título original: The lifted veil
Editorial: Alba Editorial, 2008
Encuadernación: Rústica
ISBN: 9788484283980
Páginas: 115


Este es el primer libro de George Eliot (seudónimo de Mary Ann Evans) que pasa por mis manitas… y estoy segura de que no será el último.



Nuestro protagonista, Latimer, nos cuenta esta historia en su lecho de muerte, con la delicadeza que le caracteriza y sin embargo nadie de su alrededor valora.
Él es un chico extremadamente sensible –a todo en general-, de naturaleza poética y frágil, cosa que a su padre le lleva a los demonios… y es que su hermano es todo lo contrario. Si hay algo que le haga aún más especial, es que posee un don: el de acceder a mentes ajenas y obtener visiones sobre futuros incidentes.
Lo que para cualquiera podría resultar grato, para Latimer se convierte en un tormento, y es que esas alucinaciones no hacen más que empeorar su estado físico y mental –siendo en este punto donde se alude a nuestro velo alzado-… circunstancia que empeora al entrar en escena la frívola Bertha.
Llegados a este punto, todos esperaríamos que surgiese el flechazo. Pues no. Realmente hay una atracción entre los dos, pero el rechazo e indiferencia de ella ganan por goleada.
Además, la señorita pseudo-Lucrecia-Borgia va a ser su futura cuñada.

Por otro lado, tenemos una quimera, situada en Praga –preciosa ciudad-. Ello se repite en varias ocasiones, haciéndonos querer ir a visitarla de cabeza; y es que la autora realizó un viaje a dicha ciudad, lo que le causó tal fascinación como para dejarla patente en esta novela.

Así, tenemos una novelita con tintes fantásticos y pinceladas propias del Romanticismo, donde ambas cosas llevan a un amargo desenlace; una combinación que da muy buen resultado, al menos a mí me ha gustado mucho.


Frase: “Estamos a 20 de septiembre de 1850. Conozco las cifras que acabo de escribir como si fueran una inscripción largamente familiar. Las he visto, repetidas sobre esta página en mi escritorio, todas las veces que la escena de mi agonía vuelve a iniciarse ante mis ojos…”