Autor:
Ernesto Sábato
Editorial:
Seix Barral, 2001
Encuadernación:
Rústica
ISBN: 9788432211089
Páginas:
160
Hoy,
uno de esos eternos pendientes que por fin ha dejado de serlo.
Se
trata de la obra con la que Sábato logró el reconocimiento mundial, su primera
novela.
Tenemos
una novela en cierto modo policíaca, de estructura y tintes psicológicos,
contada en primera persona por Juan Pablo Castel, un pintor reconocido que y en
la frase que da comienzo a la historia, nos informa de que ha asesinado a la
mujer que ama: María Iribarne.
Del
tirón.
Nos
cuenta desde su celda todo con pelos y señales, desde el comienzo, cuando
conoce a la tal María en una de sus exposiciones y la observa de lejos, pues se
queda mirando uno de sus cuadros aparentemente fascinada.
Y aquí
entramos en una espiral de celos, obsesiones y negatividad a partes iguales
que, debo decir, me ha puesto de bastante mala leche. ¡¡¡Qué hombre más
insoportable!!!
El
caso es que Castel va narrando en primera persona como hace lo indecible para
acercarse a ella y meterse en su vida, enamorarse e intentar enamorarla,
metiéndonos en sus pensamientos sin llegar a comprenderle en prácticamente
ninguno de los momentos expuestos. A mí me ha pasado eso, básicamente quería
golpearlo.
Debo
decir que aquí lo importante no es la historia en sí, si no la forma de
narrarla, seca y lacónica, donde el lector puede sentir esa tensión y obsesión
que va en aumento según las páginas avanzan, aún conociendo el final de ese
túnel al que irremediablemente sabemos que llegará… a pasos agigantados.
La
narración va de menos a más, comenzado por los leves detalles que dan paso a un
obsesión 100% destructiva que cada vez va más encaminada a la locura.
Me ha
gustado, aunque debo confesar que estaba deseando terminarlo porque el
protagonista me ponía de los nervios.
Frase:
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.
En
esta ocasión, son varias las adaptaciones cinematográficas, todas homónimas:
1952,
por León Kilmovsky.
1977,
por José Luis Cuerda.
1987,
por Antonio Drove.
















